August 17, 2009
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Tanto el escribir como el leer literatura erótica, literatura que recurre a la sensualidad y la excita, provoca aún hoy cierto escozor, vergüenza y hasta remordimiento; porque esa escritura y esa lectura son actos masturbatorios y, aunque hoy pareciera poder hablarse abiertamente de las relaciones sexuales de toda índole, color y sabor, asumir la práctica hedonista, la práctica masturbatoria, todavía equivale a confesarse infantil, cobarde, incapaz de llegar al intercambio sexual. ¡Pues no! En el acto de darse placer, el hombre/la mujer ejerce su capacidad de imaginar y aprende sobre su propio goce. La literatura erótica aporta un gran cúmulo de fantasías al imaginario personal, estimula el deseo y lo canaliza…¡si, calienta! Las situaciones, tópicos e ideas expuestas en las obras eróticas son más o menos siempre las mismas: todas las formas posibles del acto sexual, la iniciación, la dominación, la sumisión, el poder, el dolor, lo bello, lo asqueroso, lo escatológico, “lo prohibido”; el cuerpo exaltado, maniatado, penetrado, violentado, abierto, voluptuoso, lamido, inflamado, luminoso, entregado, poseído; la expresión de un mundo privado, oculto, secreto.
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El poder de la palabra que conmueve al cuerpo hace que la historia, el contexto en el que se desarrolla, las ideas que plantea, penetren muy profundamente, quedando prendadas al lector, que se identifica o distancia de la intimidad expuesta, pero que nunca permanece indiferente; hasta el punto en que a veces se ve movilizado a apartar las manos del libro y los ojos de la lectura para no volver a retomarla nunca más o para satisfacer la necesidades y deseos de su cuerpo que late.- Literatura erótica: Palabras que encienden, por Natalia Ferretti